Pero algo pasó. David pasó. Pasó por mi vida y allí se quedo. Y mira, que estaba muy a gusto. El respeta mi intimidad, yo la suya, compartimos el día a día con suavidad, sin altibajos, que en mi caso es mucho, siendo yo una asocial . Se amoldó a mi forma de ser (que es un gran sacrificio, con lo rarita que soy) y yo me adapté a su necesidad de tener gente a su alrededor (y él sabe que es un gran esfuerzo para mi, pero siempre con una sonrisa).
Y un día, estando los dos solos salió el tema de la forma más natural del mundo.
- ¿Y si..? ¿Te gustaría?
- Mi vida ya es tuya, ¿porque no firmarlo?
- ¿Pero a lo grande?
- No, no, algo pequeñito, que mucha gente me da urticaria...
Y así, en un par de meses preparamos una boda sencilla, íntima y familiar.
Tan sencilla que parte de la ropa que llevamos la hice yo.
El manto que llevaba David:
Mi manto, de terciopelo con detalles en pelo blanco. Idem capucha, mangas elficas, hasta el suelo. Mi experiencia con el terciopelo, no tan buena. Me falta domarlo, todavía.
Y como no, me hice el cancan para dar volumen al vestido. Popelín blanco con tres capas de organza beige haciendo el cancan. Forro granate y cierre tipo corsé. La cintura es muy alta, casi debajo del pecho, para que pudiera hacer un efecto de cintura estrecha y se fuera ensanchando a partir de las caderas. Lo que más me costó y que no me dejo del todo conforme fue el cierre trasero, no me acabó de quedar bien.
Pero aún y con todos los fallos que pude cometer, sabiendo que ni los mantos, ni la falda, ni las polainas (eso necesita un post entero) eran perfectos, sentí que gracias a esas prendas, la boda era realmente mía-nuestra, no una fiesta prefabricada con volantes y tarta de nata, cantidades ingentes de alcohol y discoteca con música machacona.
Y esa fue la última señal de que la persona que tenía a mi lado era la perfecta para mi.
Lo malo es que se me cerraba una puerta en el futuro: se acabó lo de ser la vieja de lo gatos. Con David por el medio ya no sería lo mismo...
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